Los indios,
siempre hemos tenido conciencia de la necesidad de recuperar nuestra independencia,
de la urgencia de defender nuestra patria, de recuperar los regazos comunitarios
de nuestra madre tierra, desalambrando los cercos de la invasión extranjera.
El indio lucha solo, solo, durante los años más críticos de la Guerra de la Independencia. Casimiro Irusta, Eusebio Lira, Santiago Fajardo y José Manuel Chinchilla, todos indios, sostienen una Guerra sin tregua contra los españoles. Estos indios llegan inclusive a crear una República, la República de Ayopaya.
Pasado el ciclo de las Revoluciones altoperuanas, los caudillos indios levantaron a las masas autóctonas del altiplano y los valles. Y pasaron por encima de la solapada o franca oposición de los “patriotas” criollos y mestizos, que temían la reconstrucción del Kollasuyu: la Patria ancestral del indio.
Tras la derrota de Guaqui los “patriotas” perdieron el control que habían tenido sobre el indio. “Casimiro Irusta, se sitúa en las alturas de La Paz. Ataca la Gobernación con sus aguerridas tropas; la toma por asalto, dando muerte al Gobernador Diego Quint Fernández. Su propósito es establecer un gobierno indio. Dispone el retiro de sus multitudes a Pampajasi; desde cuyas posiciones mantiene cercada a La Paz al estilo tupajcatarista. Hasta que llegan los realistas Lombera y Benavente que acuden desde Oruro y el Desaguadero, en socorro de los españoles cercados.
El cacique Juan Manuel Cáceres
lugarteniente de Tupaj Katari, permanecía a la espectativa girando entre Ayoayo
y Calamarca en espera del momento oportuno. Después de la derrota del ejercito
de Castelli y apenas Goyeneche hubo marchado a Cochabamba sublevó a los indios
de Sicasica Omasuyos, Larecaja y Pacajes derrotó a la guarnición del ejercito
de Tiquina, que la pasó a degüello, se apoderó de dos culebrinas que allá había,
y de los fusiles que pudo, y puso a La Paz en asedio...”.
Evidente. Cuando Goyeneche después de haber ahorcado a Murillo y a sus compañeros, deja temblando de miedo a la ciudad de La Paz; Cáceres a la cabeza de 45.000 indios pone, el 11 de agosto de 1811, el tercer cerco a dicha ciudad. Cerco que dura tres meses. Que si no acuden los indios del Bajo Perú, comandados por Mateo Pumakahua y Manuel Choquehuanca, por parte de los realistas, en socorro de La Paz, Caceres hubiera exterminado a todos los blancos de la hoyada del Choqueyapu.
Cáceres compañero de armas de Tupaj Katari, en 1780, uno de los principales actores de la Revolución del 16 de julio de 1809, día en que asalta las campanas de la Catedral y toca el A REBATO..., Cáceres forma parte de la Junta Tuitiva como Escribano, y Goyeneche lo condena a la “pena de horca”. Cáceres incorporado al Ejército Auxiliar argentino, combate en Guaqui, al lado de Castelli. La conducta de las fuerzas del jefe gaucho, le convence -como después a Pumakahua- que tanto los españoles como los criollos mestizos americanos, que en esta contienda al indio le llaman “hermano”, eran los más desalmados opresores del indio.
Eran indios, como el legendario
Juan, Huallparimachi los combatientes de los guerrilleros Padilla, Juana Azurduy,
Lanza, Méndez, Muñecas etc. Ningún guerrillero mestizo hubiera podido luchar
contra los realistas, si no hubiera habido indios. Todo el mérito y la “gloria”
que la Historia de Bolivia les atribuye a los guerrilleros, éstos se lo deben
al indio. Porque solamente gracias al indio pudieron desenvolverse. Sin el indio
no hubiera habido un solo guerrillero en la Guerra de la Independencia.
José Miguel Lanza, a la cabeza de las masas de combatientes indios, ocupa La Paz, el 29 de enero de 1825; antes de que el Mariscal Sucre y su Ejército llegaran al Alto Perú.
La Guerra de la Independencia es en el fondo una lucha del indio contra el español y contra el mestizo-criollo “patriota”. Esta lucha para el indio tiene un norte: terminar con la élite realista racista y la consiguiente liberación de nuestra raza y de nuestra Patria.
He aquí la razón de la conducta dual del indio que el mestizo americano y el plebeyo advenedizo boliviano le enrostran. Según ellos el indio debía defender ciegamente sus cadenas de esclavos; que en este momento pasaban de manos del español a manos, aun más rapaces y más asesinas, del mestizo apátrida blanqueado, alto y europeizado.