Las
promesas neoliberales a nuestra patria secuestrada; de inversión, producción
y en lógica consecuencia empleos, revive la analogia de las promesas coloniales
hechas a nuestro inka secuestrado por esta estofa humana, quienes luego de recibir
el rescate de dos habitaciones llenas de oro y plata, lo ahorcaron.
La sociedad preamericana era una "sociedad perfecta" antes de la invasión europea. La ciencia al servicio de la vida desarrolló un bienestar colectivo que ningún otro régimen igualó. Los matemáticos dominaban las leyes cósmicas, tal es así que nuestro calendario enmarca un ciclo de 374.440 años, tiempo en que se calculó los cambios que sufriría la Tierra y el cosmos. El Pi de Arquímedes ya estuvo inscrito en las Pirámides de Teotihuacan (El área de su base entre el doble de su altura es igual al Pi), mil años antes que él famoso matemático lo formulara. La evolución de las especies estaba esculpida en piedra y en colores en Chichén Itzá dos mil años antes de Darwin; y Darwin estuvo en Mérida, y allí copió la teoría de la evolución de las especies.
En nuestro continente se uso por primera vez el cero y existieron bibliotecas, donde las páginas de los libros, estuvieron hechas de piel de venado, fibras vegetales o cortezas de diferentes árboles, y plegadas a manera de biombo, que estaban cubiertas con figuras y símbolos de gran riqueza cromática y con dibujos meticulosos que registraban hechos históricos o mitológicos. Los códices fueron destruidos durante el siglo XVI por los misioneros españoles, por considerarlos instrumentos del mal e inducir a la idolatría.
Nuestros biólogos por sucesivos
injertos transformaron la papa y el maíz de plantas venenosas, en alimentos
tan potentes, que gracias a este tubérculo y gramínea se multiplicaron los círculos
cerebrales productores del pensamiento humano. Teníamos hornos de fundición,
industria textil, vulcanización de la goma, orfebrería, etc., etc. En los flancos
desérticos y rocosos de los Andes, hicimos en andenes 20 millones de hectáreas
de tierra cultivables para llevar el pan a nuestros hogares.
La Preamérica del Tawantinsuyu, era una confederación de pueblos libres unidos por carreteras puentes, acueductos. Aquí el alimento estuvo almacenado en enormes depósitos a lo largo y lo ancho del Continente. Esta abundancia determinó una organización, donde la propiedad era social. Todo era de todos. Todos los hombres en carne y espíritu eran idénticos a sí mismos. A tal punto que un hombre frente a otro hombre era él mismo hombre. Un hombre ante otro hombre era como si en un espejo viera su propia imagen. Es aquí donde no hubo lo tuyo ni lo mío. La nuestra era una sociedad feliz.
Europa llegó a esta maravillosa sociedad nuestra y la destrozó, la hundió y la enterró en el olvido. Los Cronistas antes y los medios de comunicación ahora, que son la fuente de todo cuanto se ha dicho y se ha escrito, mintieron y mienten, desnaturalizan la verdad, bien sea por la orden del Rey o por las ordenes de la élite oligarca extranjera, repiten todavía, con instinto de imitación a los “chapetones” que se regocijaban al haber ensayado el temple de su acero toledano: “Los indios agredieron primero y se negaron a besar la cruz (gamada), no tuvimos mas remedio que...”.
Los bárbaros despreciados de Europa,
los ex-convictos convertidos en muy hidalgos acá, las logias y sus verdugos
voluntarios, los latifundistas con sus nazis blanqueados, nos calumniaron de
"homosexuales, antropófagos, idólatras y narcotraficantes", repiten
ahora del libreto croata “quieren provocar no sólo atrocidades individuales,
sino asesinatos masivos”. Y esta gente foránea que nos clasifica en la "etapa
media de la barbarie", junto a sus bandas de bufones arios neofascistas,
nos colgaron sus vicios y nos endosan sus crímenes.
Las promesas neoliberales a nuestra patria secuestrada; de inversión, producción y en lógica consecuencia empleos, revive la analogia de las promesas coloniales hechas a nuestro inka secuestrado por esta estofa humana, quienes luego de recibir el rescate de dos habitaciones llenas de oro y plata, lo ahorcaron.
¡Jallalla Tawantinsuyo!